sábado, 22 de septiembre de 2007

Cosas Extrañas

Vas andando por una calle solitaria, son las 12 de la noche y te diriges a casa, como todos los días, por ese inmenso desierto que es tu barrio a determinadas horas. No llevas más compañía que la que te proporcionan tus 4 sombras, procedentes de todas aquellas absurdas farolas con las que te encuentras a tu paso, absurdas porque el inepto de tu alcalde se gasta los cuartos en poner farolas de juguete en lugar de bajar el precio de la piscina (porque 5 euros por darse un chapuzón es un gran robo). Llevas Green Day en el mp3, y qué oportuna cuando llega la canción de 'Boulevard of broken dreams'. Por lo demás, una noche más. Llegas a casa, y las cosas siguen tan jodidas como de costumbre. Por eso intentas irte a dormir lo antes posible, para no soportar lo malos rollos de los que escapas cada día a las 5 de la tarde cuando decides salir de casa.
Al día siguiente vuelta a empezar, y de nuevo por la noche, en la ocura y silenciosa calle, te sientes como en casa, o mejor aún, ya que precisamente a casa es el último sitio al que quieres llegar. Pero no te sientes tan solo cuando oyes pasos detrás de ti, decides no girarte y al rato ves que te adelanta lo que tan sólo era una marujona sacando al perro; uno de esos perros pequeños que tienen muy mala hostia y además parecen medio lelos. Pero eso no viene al caso. Sigues tu camino, y ya no oyes unos pasos tan claros de alguien que se acerca a ti, sino dos o tres pasos justo detrás, y miras a una de tus sombras, justo la que tienes de frente, porque si hubiera alguien su propia sombra se mezclaría con la tuya y echarías a correr por patas. Pero no ves nada. Te giras disimuladamente y te relajas al comprobar que los pasos que habías escuchado eran los tuyos propios, en un momento de nerviosismo. Por lo demás, todo continúa como de costumbre.
Una noche más, tu y tu boulevard de los sueños rotos, más oscuro, más inquietante, oyes un suspiro detrás de ti y te giras tan bruscamente que no te das cuenta de lo patético que pareces, acojonado por una mierda de calle vacía a la luz de la luna. Giras una esquina, y de la nada aparece un grupo de chicas bien arregladas con sus minifaldas y sus botas, sus peinados de impresión y sus litros de colonia con olor a gominolas, acompañadas de dos maronos que suponen ser amigos suyos, pero en realidad son tan sólo un par de payasos a los que conocieron la semana pasada, que pretenden tirárselas, pero ellas no se lo van a poner fácil. Pero como esa no es tu historia, sigues adelante. Enhorabuena, sólo has descubierto que era viernes. Sí, ya viernes, un viernes más, como muchos otros, como otros jueves y otros sábados, y en la misma patética calle del mismo patético barrio.
Debajo de un coche, escondido en la oscuridad de la sombra del vehículo, encuentras un pequeño gato pardo, no tendrá más de 6 ó 7 meses, pero lo ves tan fuerte, tan avispado y tan inteligente que te da miedo cómo se puede desenvolver solito una criatura tan tierna. Te agachas y le llamas, pero él es más inteligente que tú, se esconde detrás de la rueda y desde allí te observa en posición para salir por patas si decides dar un paso al frente. Tu deduces eso, y te quedas quieto, le miras a los ojos intentando transmitirle buenos sentimientos hacia él... Pero ay!, amigo, si se fiara de gente como tú no habría llegado a su tierna edad semiadulta. Tú le miras, él te mira, agacha las orejas como si fuera un perro y tú sonríes, y acto seguido encorva la columna, se le erizan todos los pelos del cuerpo y te bufa, como si acabara de descubrir en ti al ser más diabólico del mundo. Al instante oyes una voz detrás de ti, una sencilla voz de niña que reía porque iba de la mano de su padre cantando y pasándolo bien. Y ahora, amigo, desearías haber apreciado ese matiz antes, antes de que fuera tarde, antes de cometer el acto más inhumano, fruto de los delirios que la soledad y tu mera imaginación acometieron contra esa inocente alma pura, cuando ves que, sin apenas darte cuenta, el susto que te dio la niña te llevó a coger del suelo un pedazo de cristal de una litrona rota que había junto a ti y haberlo incrustado en el pecho de su cachorro, una cría de mastín que la niña llevaba atada con una correa, y que la hacía ser la persona más feliz del mundo. Hasta que tú, solo tú y tu mierda de asquerosa existencia lograron arrebatar aquella sonrisa tierna del rostro angelical.
Enhorabuena, tu vida es tan patética como la del resto de mortales que la pueblan.

2 comentarios:

Un Incompetente dijo...

Pues nada, que he llegado a tu blog buscando una imagen en google, y que he empezado a leerlo y me ha gustado. y eso para dejarte constancia de miopinión.

aradia dijo...

pues la verdad a mi me paso igual... me gusta tu modo de escribir...